Es un lugar común en la política argentina la mención de pactos entre fuerzas políticas o políticas y sociales que signifiquen un acuerdo sobre aspectos centrales que permitan delinear el rumbo del país para un período más o menos largo, posiblemente el más mencionado sea el de “La Moncloa”, en realidad fueron varios pactos firmados en octubre de 1977 por partidos políticos, y se tuvieron que firmar varios ya que no hubo un acuerdo total.
Lo que no dice esta muletilla es que para poder firmar un pacto de esta naturaleza es necesario tener a grandes rasgos una idea en común de proyecto de país.
Lo que si se explicita es que los pactos de esta naturaleza mejoran el horizonte de planeamiento dándole previsibilidad al país mejorando el clima de inversión.
Desde la Moncloa en adelante han existido una serie de acuerdos o pactos en distintos países del mundo que sería tedioso enumerar pero que tienen una serie de preocupaciones comunes como el logro de la estabilidad monetaria, el aumento de la inversión y la inserción competitiva en el mundo.
En Argentina existe una gran dificultad para lograr un pacto como los mencionados: no existe un proyecto de país que aglutine al conjunto, esta dicotomía que encontramos desde los orígenes de nuestro país, y que encontramos en todos los países latinoamericanos, no ha sido resuelta.
En términos esquemáticos, en aras de la brevedad, existe un proyecto que busca el beneficio de las mayorías populares y otro de tipo minoritario, la famosa argentina del centenario es la máxima expresión de este último pero que escondía en sus entrañas el primero que se negaba a desaparecer y que se exteriorizó, al poco tiempo, con la violencia de todo movimiento reprimido: el grito de Alcorta en 1912, seguido por “la semana trágica” en 1919, “la Patagonia Rebelde” en 1920, matizados por el triunfo popular, representado por la UCR en las elecciones presidenciales de 1916.
El proyecto de mayorías no fue nunca clausurado en Argentina, a pesar de la seguidilla de golpes militares y de las vacilaciones y hasta claudicaciones de de los partidos políticos de origen popular.
La lectura de los pactos de la Moncloa deja claro que existe una clara visión de una sociedad que pone por delante la inversión impulsada por la ganancia con una disminución de la inflación que hace eje en la moderación de las pretensiones salariales.
Los Pactos de la Moncloa no se hubieran realizado sin la flexibilización de las posiciones que históricamente habían sostenido los partidos socialistas y comunista, es decir se redujo sustancialmente la demanda del campo popular expresado por estos partidos con lo que el conflicto se minimiza, y se pasa ha hablar de un proyecto en el que lo beneficios a los trabajadores provienen del efecto derrame, es decir cuando la copa de los sectores que más tienen se llena.
La claudicación de la dirigencia peronista y sindical en los 90 llevó a muchos a pensar que se había logrado una suerte de estabilización por la resignación de los sectores populares, y que finalmente, y luego de 30.000 desaparecidos, se imponía el proyecto de la minoría, pero el 2001 fue un rotundo mentís a esta visión. Como en el centenario la movilización estaba contenida y estallo con violencia.
Lo ocurrido desde el 2003, más allá de las personas que encarnen este momento, ya que lo que hay que mirar en la historia son los procesos, los hombres y mujeres concretos solo pueden interpretarlos potenciándolos o morigerarlos, o directamente no comprenderlos, es el restablecimiento de “el empate histórico entre el pueblo y la oligarquía”.
No es casual que desde los sectores del poder real se comience a levantar la necesidad de un pacto que detenga la recuperación del proyecto popular.
La creciente inflación es una muestra clara de que los llamados “dueños de la argentina” buscan amedrentar al pueblo con su capacidad de formar precios y paralizar la economía para imponer ese pacto cuando los sectores populares no han acumulado el poder necesario para alumbrar su proyecto que está en gestación.
Proyecto y poder son dos caras de la misma moneda el proyecto estimula la construcción de poder y el poder anima a perfeccionar el proyecto, esto es lo que estamos viviendo, en un camino con avances y retrocesos, con idas y vueltas, subidas y bajadas, con y sin claridad por parte de los sujetos históricos, y de los hombres y mujeres de carne y huesos.
Por la dirección que ha tomado el proceso histórico en Argentina y en América Latina sería un grave error contribuir a su cambio.
viernes, 24 de septiembre de 2010
lunes, 13 de septiembre de 2010
LA MENEMIZACION DEL PERONISMO
El siglo XX se tragó a dos movimientos populares con vocación transformadora, el radicalismo y el peronismo, el primero nacido en la última década del siglo XIX, hijo de la efímera experiencia del Partido Republicano de la Provincia de Buenos Aires (1877-1878) y que se inicia con Revolución del Parque (1890), mientras que el segundo nace con la memorable movilización popular del 17 de octubre de 1945.
Ambas expresiones políticas se definieron como movimientos, lo que les permitió tener una expresión policlasista y además, por esta razón, abarcativa de un abanico ideológico, expresando en sus periodos clásicos una fuete vocación transformadora para remover los obstáculos que sufría nuestra Argentina en lo institucional, lo económico y lo social para constituirse en una democracia inclusora.
La década infame significó la finalización del período transformador del radicalismo con la llamada “alvearización” por ser conducido por Marcelo T. de Alvear que privilegió el encorsetamiento del movimiento al partido (UCR) y la flexibilización de su propuesta política a los intereses dominantes en la medida que se cuidaran las formas institucionales, olvidando su origen y trayectoria revolucionaria (1890 – 1916).
Este diagnóstico y nombre del ocaso transformador del radicalismo se lo da FORJA, un grupo de radicales que no reniegan del pasado revolucionario, y que se convertirán en una importante expresión intelectual del movimiento popular de recambio: el peronismo.
La alvearización del radicalismo no significó la extinción de individuos y sectores progresistas dentro del mismo, expresión de esto fueron el Arturo Frondizi de “Petróleo y Política”, su alianza con el peronismo y su gestión hasta 1959, la corta presidencia de Arturo Umberto Illia, derrocado por un golpe militar, y el Alfonsín del juzgamiento a los militares genocidas y la política económica de Grispún, expresiones en lo político, más allá de los hombres, que no pudieron sostenerse en un partido “domesticado”.
La década de los 90, luego de la desaparición de miles de militantes peronistas y dos hiperinflaciones terminó con la capacidad transformadora del peronismo, bien se podría denominar esto la menemización del peronismo, en el que el peronismo reducido al Partido Justicialista llevó adelante políticas neoliberales totalmente contrarias a su legado histórico, en la que su dirigencia política y gremial apoyó con decisión haciendo posible desmontar el formidable sistema de protección social que existía en nuestro país en aras de una eficiencia económica que no se demostró.
Sin esta “domesticación” masiva de la dirigencia peronista no hubiera sido posible tamaña destrucción del aparato productivo y de seguridad social de la argentina. En los noventa las prácticas clientelares disfrazadas de política social irrumpieron con fuerza inusitada en las administraciones peronistas generando un círculo perverso de perpetuación en el poder de esa dirigencia.
Luego de esto el peronismo se transformó en un partido funcional a los intereses de la clase dominante argentina, y al igual que el radicalismo no quiere decir que no existan personas y sectores que no continúen bregando por la realización de su razón de ser: “la grandeza de la nación y la felicidad del pueblo argentino” y cuya expresión hoy se encuentra representa Néstor y Cristina Kirchner, que a diferencia de lo ocurrido con los presidentes progresistas radicales han resistido los embates de los “dueños de la argentina”, pero sin conseguir una recreación del movimiento peronista ni inaugurar un nuevo movimiento transformador.
El intento de lograr lo segundo por medio de la Transversalidad fue abortado por los barones del peronismo, los gobernadores e intendentes del conurbano bonaerense, que mostraron más eficacia a la hora de sostener el gobierno de Kirchner, pero a un alto costo. La experiencia transversal nutría a la militancia y dirigencia con el capital simbólico de llevar adelante un proyecto nacional y popular, mientras que los barones del peronismo piden capital contante y sonante para alimentar sus gestiones y aparatos políticos, estos últimos al mostrar mucha más capacidad para conseguir los votos desplazaron completamente a los primeros. Los Kirchner, que también tienen su cuota de responsabilidad de lo ocurrido en los 90, se encuentran atrapados por los intereses de esa dirigencia peronista que sólo apoya a los que tienen recursos.
La menemización del peronismo exige la constitución de un nuevo sujeto político que continúe con la tarea inconclusa de los dos grandes movimientos populares argentinos del siglo XX, la encerrona en la que se encuentra el gobierno lleva a pensar que esta vez, en una suerte de alternancia, tendrá que ser construido desde el pueblo, para ello se requiere pensar sin preconceptos y desde nuestra cultura.
Ambas expresiones políticas se definieron como movimientos, lo que les permitió tener una expresión policlasista y además, por esta razón, abarcativa de un abanico ideológico, expresando en sus periodos clásicos una fuete vocación transformadora para remover los obstáculos que sufría nuestra Argentina en lo institucional, lo económico y lo social para constituirse en una democracia inclusora.
La década infame significó la finalización del período transformador del radicalismo con la llamada “alvearización” por ser conducido por Marcelo T. de Alvear que privilegió el encorsetamiento del movimiento al partido (UCR) y la flexibilización de su propuesta política a los intereses dominantes en la medida que se cuidaran las formas institucionales, olvidando su origen y trayectoria revolucionaria (1890 – 1916).
Este diagnóstico y nombre del ocaso transformador del radicalismo se lo da FORJA, un grupo de radicales que no reniegan del pasado revolucionario, y que se convertirán en una importante expresión intelectual del movimiento popular de recambio: el peronismo.
La alvearización del radicalismo no significó la extinción de individuos y sectores progresistas dentro del mismo, expresión de esto fueron el Arturo Frondizi de “Petróleo y Política”, su alianza con el peronismo y su gestión hasta 1959, la corta presidencia de Arturo Umberto Illia, derrocado por un golpe militar, y el Alfonsín del juzgamiento a los militares genocidas y la política económica de Grispún, expresiones en lo político, más allá de los hombres, que no pudieron sostenerse en un partido “domesticado”.
La década de los 90, luego de la desaparición de miles de militantes peronistas y dos hiperinflaciones terminó con la capacidad transformadora del peronismo, bien se podría denominar esto la menemización del peronismo, en el que el peronismo reducido al Partido Justicialista llevó adelante políticas neoliberales totalmente contrarias a su legado histórico, en la que su dirigencia política y gremial apoyó con decisión haciendo posible desmontar el formidable sistema de protección social que existía en nuestro país en aras de una eficiencia económica que no se demostró.
Sin esta “domesticación” masiva de la dirigencia peronista no hubiera sido posible tamaña destrucción del aparato productivo y de seguridad social de la argentina. En los noventa las prácticas clientelares disfrazadas de política social irrumpieron con fuerza inusitada en las administraciones peronistas generando un círculo perverso de perpetuación en el poder de esa dirigencia.
Luego de esto el peronismo se transformó en un partido funcional a los intereses de la clase dominante argentina, y al igual que el radicalismo no quiere decir que no existan personas y sectores que no continúen bregando por la realización de su razón de ser: “la grandeza de la nación y la felicidad del pueblo argentino” y cuya expresión hoy se encuentra representa Néstor y Cristina Kirchner, que a diferencia de lo ocurrido con los presidentes progresistas radicales han resistido los embates de los “dueños de la argentina”, pero sin conseguir una recreación del movimiento peronista ni inaugurar un nuevo movimiento transformador.
El intento de lograr lo segundo por medio de la Transversalidad fue abortado por los barones del peronismo, los gobernadores e intendentes del conurbano bonaerense, que mostraron más eficacia a la hora de sostener el gobierno de Kirchner, pero a un alto costo. La experiencia transversal nutría a la militancia y dirigencia con el capital simbólico de llevar adelante un proyecto nacional y popular, mientras que los barones del peronismo piden capital contante y sonante para alimentar sus gestiones y aparatos políticos, estos últimos al mostrar mucha más capacidad para conseguir los votos desplazaron completamente a los primeros. Los Kirchner, que también tienen su cuota de responsabilidad de lo ocurrido en los 90, se encuentran atrapados por los intereses de esa dirigencia peronista que sólo apoya a los que tienen recursos.
La menemización del peronismo exige la constitución de un nuevo sujeto político que continúe con la tarea inconclusa de los dos grandes movimientos populares argentinos del siglo XX, la encerrona en la que se encuentra el gobierno lleva a pensar que esta vez, en una suerte de alternancia, tendrá que ser construido desde el pueblo, para ello se requiere pensar sin preconceptos y desde nuestra cultura.
martes, 7 de septiembre de 2010
ES NECESARIO DEJAR DE PENSAR CON CONSIGNAS
Los mecanismos de verdad por afinidad, o por autoridad o afecto están muy arraigados. La política no es una excepción a esto.
Estos mecanismos en la práctica sustituyen el pensamiento y se acepta o se rechazan ideas y propuestas en base a quienes la formulan, sin detenerse a realizar un análisis de las mismas.
En momentos de estabilidad, en los que la realidad parece haber entrado en un amesetamiento esta economía en materia de pensamiento no tiene grandes costos y permite tomar decisiones rápidas y adoptar posicionamientos sin mayores debates, pero cuando se está frente a situaciones cambiantes esta economía de pensamiento puede ser muy costosa ya que puede llevar a decisiones equivocadas.
En política este mecanismo es alentado por los partidos mayoritarios que buscan instalar una fidelidad más allá de las ideas y propuestas que enarbolan, y que les permiten caer en gruesas contradicciones sin tener que explicarlas, lo mismo ocurre con los referentes o dirigentes políticos. Se entiende que los partidos y los referentes alienten esto ya que por este mecanismo logran mantener un especie de elenco estable que les otorga un piso electoral desde el cual se lanzan a la búsqueda de los sectores que no tienen opinión formada sobre los que si trabajan en una mezcla de propuesta, afinidad o capitalización de rechazos.
Los grupos formadores de opinión también utilizan estos mecanismos, con lo que consiguen rápidos pero efímeros alineamientos de la opinión pública, que sustituyen por otros en su permanente juego hegemónico.
Argentina luego de la crisis del 2001 salió de lo que se podría llamar evolución en equilibrio, en donde se podía observar un cambio en la sociedad dentro de un esquema de poder, pensamiento y políticas (en ese orden), es decir se experimentaban cambios dentro de un orden establecido que había llegado a naturalizar el pago de la deuda externa aún a costa del hambre, la exclusión y la indigencia de millones de argentinos.
La incautación de los depósitos de los ahorristas llevada adelantes por el gobierno de Fernando de la Rua, su posterior renuncia, la vertiginosa sucesión de presidentes, la decisión de no pagar la deuda externa tomada por uno de ellos, Adolfo Rodríguez Saa, la salida de la convertibilidad y la devaluación del peso ponen en pocos meses punto final a ese orden y decretan el comienzo de la búsqueda de uno nuevo, que presupone otro esquema de poder, de ideas y políticas inaugurado a tientas por la dupla Duhalde – Lavagna con un esquema productivista que rompe con la lógica neoliberal de más de 25 años, pero que se asienta en los grandes grupos económicos industriales, y no se consolida, ya que el plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados si bien tiene una amplia base es tan solo un paliativo que no resuelve los problemas de fondo y por lo tanto la protesta social continúa en ascenso.
El gobierno de Néstor Kirchner, le da un nuevo giro con su fuerte ataque a los genocidas, el pago de la deuda al FMI conjuntamente con el arreglo de la deuda externa con una quita del 70% del flujo de fondos futuro, que golpea a los grupos de poder hegemónicos del modelo neoliberal, y que se profundiza con la estatización de los fondos de las AFJP, el intento fallido de socialización de la renta agraria diferencial, la Asignación Universal por Hijo que inicia un serio proceso de desmercantilización del trabajo y la ley de medios audiovisuales que implica el fin del monopolio comunicacional, muestran que estamos lejos de vivir un nuevo orden, que en realidad este se está construyendo.
En este contexto de cambio lo peor que se puede hacer es caer en la economía de pensamiento, ya expresada, que más que nunca resulta funcional a los grupos más poderosos, como quedó demostrado con la 125 que la habilidad de la Mesa de Enlace ( y la falencia del gobierno) fue lograr que los sectores populares se solidarizaran con los que viven de la renta agraria diferencial y apoyaran propuestas que significaban, de haberse logrado (suspensión de las retenciones), el aumento del precio de los alimentos.
Es necesario advertir que no solo estamos transitando por un momento de cambio que no ha logrado una nueva estabilidad sino que este transcurre en una sociedad que ha sido brutalmente fragmentada por las políticas neoliberales y su crisis.
El objetivo de establecer un nuevo orden popular requiere que cada uno de los fragmentos tome conciencia de su existencia y de sus intereses, para comenzar la búsqueda de un modelo global que los contenga. Para esto es necesario pensar ya que ni los partidos, ni los referentes políticos pueden sustituir este proceso.
Paradójicamente los grandes grupos económicos de todos los sectores toman distancia de un gobierno que tildan de poco confiable por que no defiende sus intereses y lanzan una estrategia de dividir el país en K y anti K, y el gobierno también avala esta estrategia apoyándose en un PJ también fragmentado.
Necesitamos abandonar la pereza mental y comenzar por un lado exigir propuestas (es muy poco serio proponer el 82% móvil para los jubilados y no decir como se financia) y por el otro analizarlas a la luz de nuestros intereses, para no quedar defendiendo los que no son los nuestros.
Hay que aprender a visualizar los intereses individuales, sectoriales y colectivos en juego. Estamos en un punto de inflexión, por lo tanto depende de la lucidez de los actores del campo popular el tipo de dinámica social que se establezca.
El siglo XXI para nuestra Argentina vino con una nueva realidad tenemos que comprenderla primero dejando atrás las viejas consignas.
Estos mecanismos en la práctica sustituyen el pensamiento y se acepta o se rechazan ideas y propuestas en base a quienes la formulan, sin detenerse a realizar un análisis de las mismas.
En momentos de estabilidad, en los que la realidad parece haber entrado en un amesetamiento esta economía en materia de pensamiento no tiene grandes costos y permite tomar decisiones rápidas y adoptar posicionamientos sin mayores debates, pero cuando se está frente a situaciones cambiantes esta economía de pensamiento puede ser muy costosa ya que puede llevar a decisiones equivocadas.
En política este mecanismo es alentado por los partidos mayoritarios que buscan instalar una fidelidad más allá de las ideas y propuestas que enarbolan, y que les permiten caer en gruesas contradicciones sin tener que explicarlas, lo mismo ocurre con los referentes o dirigentes políticos. Se entiende que los partidos y los referentes alienten esto ya que por este mecanismo logran mantener un especie de elenco estable que les otorga un piso electoral desde el cual se lanzan a la búsqueda de los sectores que no tienen opinión formada sobre los que si trabajan en una mezcla de propuesta, afinidad o capitalización de rechazos.
Los grupos formadores de opinión también utilizan estos mecanismos, con lo que consiguen rápidos pero efímeros alineamientos de la opinión pública, que sustituyen por otros en su permanente juego hegemónico.
Argentina luego de la crisis del 2001 salió de lo que se podría llamar evolución en equilibrio, en donde se podía observar un cambio en la sociedad dentro de un esquema de poder, pensamiento y políticas (en ese orden), es decir se experimentaban cambios dentro de un orden establecido que había llegado a naturalizar el pago de la deuda externa aún a costa del hambre, la exclusión y la indigencia de millones de argentinos.
La incautación de los depósitos de los ahorristas llevada adelantes por el gobierno de Fernando de la Rua, su posterior renuncia, la vertiginosa sucesión de presidentes, la decisión de no pagar la deuda externa tomada por uno de ellos, Adolfo Rodríguez Saa, la salida de la convertibilidad y la devaluación del peso ponen en pocos meses punto final a ese orden y decretan el comienzo de la búsqueda de uno nuevo, que presupone otro esquema de poder, de ideas y políticas inaugurado a tientas por la dupla Duhalde – Lavagna con un esquema productivista que rompe con la lógica neoliberal de más de 25 años, pero que se asienta en los grandes grupos económicos industriales, y no se consolida, ya que el plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados si bien tiene una amplia base es tan solo un paliativo que no resuelve los problemas de fondo y por lo tanto la protesta social continúa en ascenso.
El gobierno de Néstor Kirchner, le da un nuevo giro con su fuerte ataque a los genocidas, el pago de la deuda al FMI conjuntamente con el arreglo de la deuda externa con una quita del 70% del flujo de fondos futuro, que golpea a los grupos de poder hegemónicos del modelo neoliberal, y que se profundiza con la estatización de los fondos de las AFJP, el intento fallido de socialización de la renta agraria diferencial, la Asignación Universal por Hijo que inicia un serio proceso de desmercantilización del trabajo y la ley de medios audiovisuales que implica el fin del monopolio comunicacional, muestran que estamos lejos de vivir un nuevo orden, que en realidad este se está construyendo.
En este contexto de cambio lo peor que se puede hacer es caer en la economía de pensamiento, ya expresada, que más que nunca resulta funcional a los grupos más poderosos, como quedó demostrado con la 125 que la habilidad de la Mesa de Enlace ( y la falencia del gobierno) fue lograr que los sectores populares se solidarizaran con los que viven de la renta agraria diferencial y apoyaran propuestas que significaban, de haberse logrado (suspensión de las retenciones), el aumento del precio de los alimentos.
Es necesario advertir que no solo estamos transitando por un momento de cambio que no ha logrado una nueva estabilidad sino que este transcurre en una sociedad que ha sido brutalmente fragmentada por las políticas neoliberales y su crisis.
El objetivo de establecer un nuevo orden popular requiere que cada uno de los fragmentos tome conciencia de su existencia y de sus intereses, para comenzar la búsqueda de un modelo global que los contenga. Para esto es necesario pensar ya que ni los partidos, ni los referentes políticos pueden sustituir este proceso.
Paradójicamente los grandes grupos económicos de todos los sectores toman distancia de un gobierno que tildan de poco confiable por que no defiende sus intereses y lanzan una estrategia de dividir el país en K y anti K, y el gobierno también avala esta estrategia apoyándose en un PJ también fragmentado.
Necesitamos abandonar la pereza mental y comenzar por un lado exigir propuestas (es muy poco serio proponer el 82% móvil para los jubilados y no decir como se financia) y por el otro analizarlas a la luz de nuestros intereses, para no quedar defendiendo los que no son los nuestros.
Hay que aprender a visualizar los intereses individuales, sectoriales y colectivos en juego. Estamos en un punto de inflexión, por lo tanto depende de la lucidez de los actores del campo popular el tipo de dinámica social que se establezca.
El siglo XXI para nuestra Argentina vino con una nueva realidad tenemos que comprenderla primero dejando atrás las viejas consignas.
viernes, 3 de septiembre de 2010
LA DECADENCIA DE LOS PARTIDOS POLITICOS
Entre los innumerables retrocesos que se produjeron en la década del 90 del siglo pasado se encuentra el vaciamiento ideológico de los partidos políticos argentinos, situación que comienza con el terrorismo de estado instaurado por la dictadura militar y que la nueva democracia de los ochenta no consigue revertir por ese miedo profundo que ocupó la conciencia de los individuos.
Los noventa significan una nueva caída en esa anomia de la cual aún hoy la mayoría de los partidos no consigue sacudir.
La ideología es el primer paso para la elaboración de propuestas y proyectos, es la guía acerca de los intereses que se defienden en una sociedad en la que no hay igualdad, en la que existen los poderosos y los oprimidos, y en la que la carencia de claridad ideológica favorece el orden establecido por los primeros.
La ideología de ninguna manera puede interpretarse como sectarismo, esto es signo de una ideología mal sana que provoca una falta conciencia.
La necesidad de la ideología estriba en que nos brinda el lugar de la sociedad desde el que se propone el mantenimiento o la transformación de la sociedad, aún en el primer caso el ejercicio ideológico de la hegemonía busca involucrar al conjunto de la sociedad sin el cual el proyecto de las minorías carecería de sustento.
La apatía que hoy se observa para participar en los partidos políticos se debe a que vaciados de ideología los partidos se ven como organizaciones que buscan el provecho de sus dirigentes, a los que a su vez se los visualiza en permanentes disputas sin sentido para el conjunto del pueblo.
Este cuadro se ve agravado por la pobreza en materia de propuestas y proyectos que muestran los partidos políticos producto de sus graves falencias ideológicas, cuando directamente tienen propuestas contradictorias consecuencia de los oportunismos cortoplacistas.
Esta situación llevó a la perdida de representatividad social de los partidos transformados en máquinas de distribuir favores lo que llevó al alejamiento de los movimientos sociales que comenzaron organizaciones independientes específicas, que si bien buscaban la solución de sus problemas al mismo tiempo contribuían a acentuar la fragmentación social a la que fue sometida la sociedad argentina por el proyecto neoliberal.
Todo es parte de un mismo fenómeno que se inició con la dictadura: la desideologización por el terror, la incapacidad de articular propuestas para la sociedad, la estigmatización de los partidos políticos por parte de la prensa monopólica, su gradual mutación en organizaciones prebendarias, la autoexclusión de los mismos de los movimientos sociales, el reforzamiento de la fragmentación social.
Esta pérdida de los partidos provoca la desaparición de organizaciones que organizaban el pueblo en pos de proyectos colectivos provocando un fenómeno de aglutinación del pueblo en grandes fracciones, que en el caso de los partidos políticos populares y progresistas eran diques de contención para la voracidad del imperialismo aliado a la oligarquía.
No son casuales los “consejos” de los organismos internacionales, como el Banco Mundial, que proponen el fortalecimiento de ONGs que reflejen los movimientos sociales e intereses y demandas de sectores de la sociedad construyendo de esta manera un red de compartimientos estancos de imposible articulación sin un hilván ideológico que los contenga y los haga sentir como parte de un todo en la que los problemas sectoriales se resuelven al mismo tiempo que se construye una sociedad más justa.
Este fue el papel histórico de los partidos políticos que es menester recuperar.
Los noventa significan una nueva caída en esa anomia de la cual aún hoy la mayoría de los partidos no consigue sacudir.
La ideología es el primer paso para la elaboración de propuestas y proyectos, es la guía acerca de los intereses que se defienden en una sociedad en la que no hay igualdad, en la que existen los poderosos y los oprimidos, y en la que la carencia de claridad ideológica favorece el orden establecido por los primeros.
La ideología de ninguna manera puede interpretarse como sectarismo, esto es signo de una ideología mal sana que provoca una falta conciencia.
La necesidad de la ideología estriba en que nos brinda el lugar de la sociedad desde el que se propone el mantenimiento o la transformación de la sociedad, aún en el primer caso el ejercicio ideológico de la hegemonía busca involucrar al conjunto de la sociedad sin el cual el proyecto de las minorías carecería de sustento.
La apatía que hoy se observa para participar en los partidos políticos se debe a que vaciados de ideología los partidos se ven como organizaciones que buscan el provecho de sus dirigentes, a los que a su vez se los visualiza en permanentes disputas sin sentido para el conjunto del pueblo.
Este cuadro se ve agravado por la pobreza en materia de propuestas y proyectos que muestran los partidos políticos producto de sus graves falencias ideológicas, cuando directamente tienen propuestas contradictorias consecuencia de los oportunismos cortoplacistas.
Esta situación llevó a la perdida de representatividad social de los partidos transformados en máquinas de distribuir favores lo que llevó al alejamiento de los movimientos sociales que comenzaron organizaciones independientes específicas, que si bien buscaban la solución de sus problemas al mismo tiempo contribuían a acentuar la fragmentación social a la que fue sometida la sociedad argentina por el proyecto neoliberal.
Todo es parte de un mismo fenómeno que se inició con la dictadura: la desideologización por el terror, la incapacidad de articular propuestas para la sociedad, la estigmatización de los partidos políticos por parte de la prensa monopólica, su gradual mutación en organizaciones prebendarias, la autoexclusión de los mismos de los movimientos sociales, el reforzamiento de la fragmentación social.
Esta pérdida de los partidos provoca la desaparición de organizaciones que organizaban el pueblo en pos de proyectos colectivos provocando un fenómeno de aglutinación del pueblo en grandes fracciones, que en el caso de los partidos políticos populares y progresistas eran diques de contención para la voracidad del imperialismo aliado a la oligarquía.
No son casuales los “consejos” de los organismos internacionales, como el Banco Mundial, que proponen el fortalecimiento de ONGs que reflejen los movimientos sociales e intereses y demandas de sectores de la sociedad construyendo de esta manera un red de compartimientos estancos de imposible articulación sin un hilván ideológico que los contenga y los haga sentir como parte de un todo en la que los problemas sectoriales se resuelven al mismo tiempo que se construye una sociedad más justa.
Este fue el papel histórico de los partidos políticos que es menester recuperar.
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