El repaso de lo vertido por los medios masivos de comunicación en sus editoriales y por muchos políticos argentinos parece mostrar una falta de comprensión con respecto a la relación necesaria entre las necesidades de reformas y el poder que para lograrlas es necesario.
Lo mismo ocurre con respecto a los modelos de país que se tienen como meta y los consensos que se pueden lograr.
Con mucha liviandad se ponen de ejemplo otros países, por el consenso logrado por las fuerzas políticas que sólo expresan matices dentro de un mismo modelo o por la escasa intervención del poder estatal, sin advertir que en nuestra querida argentina subsisten dos modelos desde tiempos remotos: una argentina para pocos, con una fuerte hegemonía de la clase dominante, que bien se refleja en aquella Argentina del centenario, en la que el poder político, económico y social tenía una visión y una ideología coincidente en las bondades del modelo primario exportador, gobernado por la mano invisible del mercado, y un estado mínimo cuidaba el respeto de la ley y el orden conservador haciendo caso omiso a las desigualdades económicas y sociales y al fraude
electoral.
Los dos grandes movimientos políticos del siglo XX, el radicalismo y peronismo cuestionan el orden establecido y ponen en la agenda política argentina la necesidad de reformas sustanciales y profundas para cambiar lo que ha sido llamado el orden conservador de la argentina del centenario.
Puestos en esta tarea se advierte que ese estado de cosas sólo se puede cambiar con una gran cuota de poder, cuestión esta que no es nueva ya que los regímenes presidencialistas que tuvieron la mayoría de los países latinoamericanos al momento de su institucionalización responde a la visón que existía en aquella época de la necesidad de un gran poder para logra las tareas que exigía la modernización de los nuevos estados reflejada en la famosa frase de Bolívar: “Nuestros países necesitan reyes con el nombre de presidentes”
Quienes cuestionan el poder del gobierno y lo instan a consensuar esconden primero: que nuestro país enfrenta una tarea ciclópea que es provocar un cambio estructural que termine de extirpar el modelo neoliberal iniciado con la pasada dictadura militar y profundizado durante la década menemista., y segundo: que no se puede concensuar cuando los modelos de país son tan distintos.
El bicentenario sorprende a nuestro país con una fuerte puja entre el modelo para pocos y la Argentina inclusiva, en la que se vuelve a poner en la agenda política el llamado empate histórico entre las fuerzas de los sectores dominantes y las fuerzas populares. Esta puja se libra en infinidad de planos: los derechos humanos, la independencia de la Corte Suprema de Justicia, el desendeudamiento del estado, la puesta en marcha de un modelo productivo distributivo, la estatización del sistema de jubilaciones, la democratización de la información y del crédito, etc.
El lograr la extirpación del orden neoliberal en una tarea muy dura y que requiere mucho poder ya que quienes se oponen a esto son los grupos más concentrados del poder económico y social de la Argentina, que monopolizaron la información durante años “pintando una realidad que no existía” o naturalizando la desigualdad “pobres siembre hubo” (Carlos Menem), a lo que se agrega que este sector de la sociedad, tiene un gran apetito de poder al extremo de mancharse las manos con sangre.
La construcción del poder popular requiere comenzar por la reconstrucción del poder del estado arrasado por el neoliberalismo.
Por último no hay que confundir poder con discrecionalidad o arbitrariedad o autoritarismo.
Para evitar esto hay que establecer reglas claras, que todos las acaten aún quienes las dictan y también mantenerlas, para que el poder no se degenere en discrecionalidad o autoritarismo se debe construir una fuerte institucionalidad, el desafió que debe asumir el gobierno es lograr la construcción de un fuerte poder popular institucional. Esta institucionalidad debe contemplar mecanismos de transparencia, de participación y control popular. La cultura política argentina hace difícil esto pero si no se avanza en este camino el costo es el desprestigio y la derrota electoral ya que la discrecionalidad es cada vez menos tolerada por amplios sectores de nuestra sociedad.
miércoles, 23 de junio de 2010
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